A ciegas

Estoy en una habitación rodeada de gente a la que creo conocer, pero que debido a la venda que cubre mis ojos, he dejado de percibir.

Gritan, sudan, formo parte de un nucleo que se me antoja angustioso, así que me retiro, miedosa, contra una pared, a esperar el silencio y la calma de mi respiración, ¿por qué miedo?

No me da tiempo a responderme, nos estamos moviendo como animales, a cuatro patas, en silencio. Doy gracias a la música por guiarme. No quiero contacto, aunque es imposible evitarlo, sigo asustada.

Y la encuentro. Su imperceptible tacto me indica que esta persona es altamente respetuosa y que va a dejarme decidir si quiero o no, el encuentro . Las yemas de mis dedos se quedan pequeñas entre las suyas, en muy poco tiempo siento paz en su abrazo. Por fin desaparece la inquietud, y cuando, como un símbolo primitivo y profundamente tierno pone mis manos sobre su pecho, me doy cuenta de que no puedo separarme. He conectado en una dimensión en la que la piel manda, y la mía siente que esta persona extraña ha dejado de serlo. No hay atracción física/visual, ni psicológica, somos dos seres iguales, carne e instinto.

Exploro su olor, me pierdo en sus infinitos besos, siento su delicadeza y su firmeza, me fundo, me dejo llevar por una sensación desconocida, pero básica, que hasta ahora no había entendido: la conexión con otra persona sin ningún tipo de juicio posible. Simplemente por ser, por existir.

Minutos que se convierten en horas, el desconocido descubrimiento de cada centimetro de mí, el calor y la fusión con un cuerpo que ya no distingo si es suyo o mío.

La conciencia y la ropa dejadas de lado.

Y como un viajero que llega desde una lejana distancia, lo reconozco, aparece ante mí con una certeza que termina por derrumbarme.

Es amor.

Gracias C, por descubrirme el camino a mi corazón.