Nunca es igual. Incluso si los cuerpos son los mismos, sus intenciones o expectativas. El ritmo, los olores, las secuencias, los gemidos, las pieles, esa infinita mezcla… Nunca es igual.

Era verano, ese momento del año caliente que provoca un estado de embriaguez mental y anímica, con la energía justa para los momentos de placer, vermús, escapadas y fotos de Instagram. Sin embargo, como aquel clic del mando a distancia que despertaba una incontrolable libido en la protagonista del cómic de Milo Manara, hay ciertas personas que poseen un resorte similar. Un botón que enciende un deseo grupal de sexo y amor. Sexo y amor, juntos. Y, afortunadamente, me encontraba ese caluroso día de julio entre ellas.

Celebrábamos Woodstock, un festival que perdura en la memoria por su significado e inmensidad. En nuestra versión, el baño de barro es de lubricante, jugamos a que este día cambiará lo que está por llegar, y nos sentimos absolutamente libres de ser, de sentir.

Nos da la bienvenida un destartalado jardín que invita a destartalarse en él, convertirse en marioneta, despojarse de ropa y pensamientos sobre lo que está bien o mal, porque ¿qué está bien o mal? Fuera  prejuicios, juicios y post-juicios. Dentro, lo que respetuosamente quieras.

Seas nuevo, antiguo, mujer, hombre, indefinido, seas quien seas, te mezclas.

El día transcurre en ese ejercicio hedonista que riega gargantas, mentes y cuerpos bailoteando al ritmo del 69 y su inseparable marihuana.

Tributamos al resultado de la lluvia de Woodstock en un ridículo y maravilloso flotador en forma de unicornio con 50 litros de lubricante. ¿Alguna vez os habéis introducido seis personas en un espacio  para dos?  El poder del lubricante es insospechado. Y divertidísimo. Transforma la piel en un juguete, los abrazos en una pelea de wrestling, todo cabe, absolutamente todo cabe con 50 litros de lubricante.

Sexo y amor.

La noche sigue en ritmos descompensados hasta que una voz pide cosquillitas, lo que supone un aullido de loba que busca a su clan. Un clan dispuestísimo a matar de cosquillitas a ese cuerpo de mujer animal. La pila de cuerpos sigue creciendo, ahora ya sin los litros de lubricante, donde caben cuatro, caben diez, trece, diecesiete… Porque en el maravilloso ejercicio del sexo grupal, los cuerpos se acoplan y descubren que el puzzle de manos, piernas, cabezas, pies, coños y pollas encaja de una manera mucho más sencilla de lo que parece.

Reconozco una vieja canción que adoro y me detengo a escucharla. Una mujer-mujer, y una mujer-hombre protagonizan el momento porque es la primera vez que la mujer-mujer se entrega a esta locura colectiva, a otras, muchas, personas, a la boca de su compañera que lame su coño con el cuidado de quien sabe que se encuentra de estreno. A su lado un hombre-hombre y un hombre-mujer practican una felación. Y sí, los cuatro compenetran ese sexo oral hasta en los gemidos. Es una puta obra de arte. Un cuerpo cercano se arrima a mi espalda. Adoro no saber quién es, y adoro que no me importe. Es bienvenido.

Su mano anónima empieza a acercarse a mi deseante y mojado sexo. Titubea solo los segundos, los necesarios para que mi movimiento pélvico sea el sí que busca. Con destreza empieza a masturbarme, mientras me inmoviliza para que continúe disfrutando de la escena. Oh, sí, un regalo. Me dejo, me dejo mientras empiezo a gemir y de manera voluntaria uno mi ritmo al de mis compañeros, en la canción más bonita del mundo. Como ese otro tema que empezó todo: Moan, Moan significa gemido. Y gemir en grupo, gemir a través del sexo, y del amor, es otro regalo que nos hacemos unos a otros, aquí, en este momento y lugar, en Woodstock. En un jardín destartalado al que solo se accede con una condición, tener el botón que hace clic.


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