Nos habíamos cruzado pocas veces teniendo en cuenta lo cerca que vivíamos. Indagué sobre ti. ¿El motivo? Me gustaba tu forma de mirarme. Fue sencillo conseguir tu número y el sí a mis mensajes. Sabías quien era: la chica morena de la infinita sonrisa. Atracción mutua entonces. Bien.

Tras unos escuetos diálogos en los que descubrí que conocías mis relatos de LELO y que querías escucharme cerca y acompañada de ese tequila del que presumía ser experta, te pregunté si querías jugar y, respondiste, «Claro».

Y a partir de esa palabra, mi mente elaboró un escenario, el capítulo inicial de una historia y un juego, para ti.

El día X recibiste un mensaje con estas instrucciones:

«Encontrarás una puerta abierta, busca en el jardín un rincón en el que suene música, siéntate en los cojines, cúbrete los ojos y espera. ¿Quieres seguir?».

«Sí», es tu única respuesta.

Observé desde mi escondite cómo empezabas la partida, asumiendo mis órdenes. No hay nada que me ponga más cachonda que un hombre que no es dominante, siendo sutilmente dominado por una desconocida.

Me acerqué a ti sigilosa y cambié la música por un audio, dedicado al exacto momento que estábamos viviendo, en el que mi voz decía:

«Podríamos haber tenido esta cita de manera convencional; un bar, unas cervezas, la inevitable curiosidad por descubrir lo antes posible cómo va a terminar o si no va a terminar. No hay nada mejor que una primera cita que empalma con la segunda, tercera, cuarta…

Podríamos haber ido a un concierto, una de las mejores maneras de disfrutar de la compañía de un desconocido; por si acaso lo demás no funciona, la música siempre lo hace.

O podríamos habernos saltado todos los preliminares y haberte mandado un mensaje con el número de una habitación de hotel; esas primeras quedadas son muy bestias, arriesgadas, si la piel no funciona son un fiasco, pero el morbazo que las acompaña merece la pena.

Sin embargo, para ti, he decidido dejarte entrar en la escena de mis crímenes, porque si aún no lo has descubierto googleandome, soy una delincuente. Decirte esto cuando ya estás aquí es una putada. Aún puedes irte, conoces la salida».

No te mueves, y el audio sigue.

Mmm, sigues aquí, casi lo esperaba.

Tu primera petición ha sido concedida, escucharme cerca. Aunque no te imaginases que sería a través de un altavoz, estoy más cerca que nunca. ¿Lo sientes? ¿O no?

Me atrevo a acercarme más, estás concentrado y sé que no vas a hacer nada por romper el momento.

Mi voz continúa el relato «Jugar, sentir la adrenalina de una partida de la que desconoces las reglas porque no existen. Estamos aquí para inventarlas o romperlas.  Yo tampoco sé cuál es la última casilla de este tablero ni me importa. Tenemos a nuestro favor unas sonrisas que te gustan a ti y una curiosa e inquisidora mirada que me convenció a mí. Así que, no vamos a ciegas. ¿O sí?».

La música sustituye al audio, suena Moderat. Mantengo la tensión durante un escueto minuto, me muero por liberarte, por tocarte. Me siento a tu lado, te huelo, muy, muy cerca. Tú no lo sabes.

Alargo mi mano hacia ti, tampoco te sobresaltas. Me flipa tu serenidad.

–Ahora voy a enseñarte cómo se bebe tequila.

No te conozco de nada, ni tú a mí. Pero no dudo ni un segundo en lo que quiero hacer. Me siento a  horcajadas sobre ti. Mi sexo lleva un par de días preparando esta jugada, y él nunca titubea. El contacto resulta natural e impactante a la vez. Pasar de cero a cien. Cojo la botella de tequila y bebo a morro, sorbiendo para que salga. Siento como la fuerza de mi amado líquido se transfiere a mi boca que se acerca a la tuya, con cuidado, para no derramarlo. Y lo vuelco sobre tu lengua, que responde también sin sobresaltos, uniéndose a la mía, mientras el tequila resbala por la garganta. Me aprieto contra ti y adoro, adoro, adoro este momento.

Cuando tus hábiles dedos empiezan a juguetear con la costura de unas bragas que no deberían haber estado ahí en primer lugar, agradezco esos últimos segundos en los que la tela es nuestro último muro. Quiero desacelerar un poco, solo un poco, bajar a 60 o 70, para de nuevo, ir acelerando al latir de la música, de mi satisfecho coño que sabe, de mi ansiosa mente que por fin se calla y se deja.

Y a 10 o 20 por hora, acaricias mi piel, con la seguridad del conductor experto que más tarde, descubrí eras. Porque solo alguien que no sabe nada, ni donde está, ni con quien, ni que se espera, pero que mete los dedos hasta la última casilla, ganando inmediatamente la partida, mientras me retuerzo de gozo y rabia porque odio perder. Solo alguien que recoge el premio con una lengua ávida, grande, de la que resbala mi placer… Solo alguien que acepta con un «claro» el reto de una delincuente, es digno contrincante de mis juegos.

¿Segunda ronda?


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