Sola. Vivir sola, viajar sola, elegir una serie sola, ir sola a un bar, al cine… sola. En la intimidad, es sencillo, sin embargo, al exponerte, parece que debes dar explicaciones.

Mujer, cuarenta y tantos, y sola. ¿Por qué?

De todos estos ejercicios, el de la barra es el que más me gusta. Suelo pedir una cerveza y un tequila, quizá añadiendo un extra de contenido morboso a mi situación. Sola y borracha.

Pero no, no lo estoy. Es un juego, personal, con un entorno prejuicioso y previsible. Un juego que la mayoría de las veces juego sola.

Mantengo las miradas, tonteo con el camarero, con el cliente o clientes cercanos, hombres o mujeres. Nunca explico que «no, no estoy esperando a nadie».

Parezco fácil o soy fácil.

–¿Tú qué crees? –Pregunto al camarero de turno. El aludido, modernillo, con perilla y moño sonríe, sin responder. «Ambas cosas», se dirá por dentro. De lo contrario, ¿qué hace aquí? A estas horas, en la barra, con tal cantidad de alcohol, vestida así y sola…

«Pues esta noche, darte la razón», le respondo, también telepáticamente, mientras me contoneo en el taburete, hasta que desaparece la escasa tela de la escasa falda. «Porque esta noche te busco a ti, modernillo de detrás de la barra, que resultas tan fácil de conquistar como yo de ser conquistada.»

–¿A qué hora cierras?

–A las 4

–Demasiado tarde para esperarte.

–Bueno, no hay mucha gente, cierro antes.

Y con esas, exactamente, 18 palabras, acordamos que vamos a follar.

Pedimos un taxi y entramos directos a su habitación. Seguimos sin ponerle más texto al asunto, para qué.

Fuera ropa, nos besamos por protocolo, las emociones también sobran. Los besos son mordiscos, hay ganas. Eso sí, la mujer sola y el camarero modernillo, tenemos muchas ganas. Esas nunca sobran.

Y, ¡joder! Ocurre, ¡sí! Ocurre. Nunca sabes cómo ni por qué ni quién lo provoca. Aquí cambia la definición, de modernillo a cerdo.

Es de los nuestros. Y yo sin imaginármelo. Ni por un instante…

Es de los que te mete los dedos con habilidad y encuentra tus puntos d, f, g, h , i.

De los que te chupa con ansia, desde atrás, desde ese vértice que divide tu culo, hasta adelante. Y sujeta una cadera que da saltos de alegría.

Es de los que tienta, se acerca y aleja, juega con su placer, pero sobre todo con el mío. Una y otra, y otra vez, está en todos los sitios que me gusta, y descubre algunos que desconozco.

Es de los de ahogarse en coños, hundirse en muslos, descojonarse de placer entre tetas, es de los que saben joder.

¡Joder con el camarero!

¡Joder con la mujer sola!

Pasa mucho tiempo hasta que decide penetrarme, admirable y odioso a la vez. La negación del placer me pone cardiaca, entre el enfado y una irritante sumisión. Pero cuando este cerdo-camarero lo hace, entra en un sexo dolorido, impaciente, y ansioso, cuando mi coño clama como una bestia por ser perforado, cuando lo siento al fondo, veo un chorro de mí lanzarse al aire provocando su delirio y mi sorpresa. Literal, un chorro, de mí.

Empapada, corrida, feliz.

Esta noche no duermo sola.


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